Fue una tarde larga: lu, ha-ash, motel, belinda; conferencias, 5 minutos para hacer fotos, público post-infantil, canciones que definitivamente habíamos escuchado en la radio…
Nos ha costado -sobre todo paciencia- comprender que el mundo es así de raro; que aunque suponemos intenciones perversas-egoístas-culeras de las empresas que se inmiscuyen en la cultura y en los medios que la difunden, no es responsabilidad suya que una chica –por ejemplo- junte tapa-roscas, espere su turno en una fila de cientos, permanezca de pie bajo sol y lluvia, aguante empujones y grite y grite durante la presentación de algún cantante pop.
Por encima de las intenciones de un producto de cola que se entromete en algo tan íntimo como la música de cada uno, y de las campañas de repetición con carácter de hipnosis (que fijan la atención a fuerza de invadir el ambiente con ritmos y frases sencillas, como el movimiento pendular de una cadena y la voz que dicta: “duerme”); por encima de todo eso, existe la voluntad de la chica –sigue el ejemplo- por atender esos llamados, pero ¿por qué? Es cierto que desde otras perspectivas pueden subestimarse los motivos de una quinceañera para ir al concierto de Belinda, pero si reflexionamos (alguna vez quisimos caminar hasta Guatemala para escuchar a los Héroes del Silencio) descubrimos que en el fondo lo que nos mueve es la búsqueda de éxtasis, de quitarnos el dolor de todos los días y vivir eternamente aunque sea un ratito.
Si las empresas de refrescos y difusión no lo saben y sólo administran las ganancias, no pasará mucho tiempo para que veamos a la chica-de-las-taparoscas-de-la-fila-y-de-los-gritos, buscando otras formas –menos fugases- para aliviar su dolor. Pero si las empresas de refrescos y difusión lo saben y hacen todo lo posible por ser la única opción, (lo que comprobaría que son perversos, egoístas, culeros) entonces, si la chica-que-aguata-empujones, ¡no pelea!, morirá en la esclavitud.
-alberto m. vargas
